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Hace unos meses, saltó el escándalo: YouTube Kids, la aplicación para niños de YouTube que les permite acceder a contenido acorde a su edad, mostraba por accidente vídeos perturbadores. Esto generó una gran polémica acerca de los procedimientos empleados por Google para filtrar los contenidos de su portal de vídeos e hizo que la compañía, supuestamente, los mejorase.

Pero más allá de los errores o descuidos del servicio, la situación sirvió para señalar una práctica que es cada vez más habitual entre muchos padres: la de poner al niño delante de YouTube para que se distraiga sin ningún tipo de supervisión. De hecho, la idea de YouTube Kids surgió para hacer esto más sencillo.

Como señala el analista John Biggs en TechCrunch, YouTube se ha convertido para los niños en una niñera, en un compañero de juegos y en un canal de televisión. A veces, todo al mismo tiempo.

Como buen portal, en YouTube cohabita todo tipo de contenido. Conscientes del potencial que tiene de cara a los niños, Google decidió optimizar el acceso a los vídeos adecuados para ellos y lo hicieron partiendo de donde lo hacen siempre: de la automatización.

¿El resultado? Un gran escándalo seguido por una rápida rectificación, retirada de vídeos, cierre de canales y mejora del filtrado, el cual tendrá tres niveles: primero el algoritmo, luego un equipo humano y por último moderadores voluntarios, también humanos.

Supuestamente, esto mejorará los resultados que ofrece la aplicación. En teoría, ya lo ha hecho. Pero, según apunta Biggs, la posibilidad de que cualquier niño se vea expuesto a contenido inapropiado por accidente sigue estando ahí.

«YouTube no es para niños» dice Biggs. «Si se lo das a los niños, terminarán viendo algo que es completamente absurdo, violento o sexual. Es inevitable. YouTube puede añadir canales infantiles, servicios de digitalización e incluso censores humanos, pero confía en mí: tu hijo de cuatro años va a tener éxito con [encontrar] este tipo de cosas».

Biggs apela a buscar contenido en otras fuentes. Estas pueden ser sitios infantiles o aplicaciones especializadas que, sí, tal vez tengan un costo, pero ofrecen mayores garantías de que el niño no va a terminar dando por accidente con algo que no debería ver.

Además de esto, hay otro problema que Biggs menciona por encima pero que sería digno de analizarse con más profundidad: «YouTube es un pozo negro de basura creado por lo que parece ser una inteligencia artificial (…) empeñada en enseñar a nuestros niños que los juguetes coleccionables son el camino a la felicidad».

Como dice al final de su artículo «No les darías [a tus hijos] comida que te ha dado una persona cualquiera en la calle. ¿Por qué les darías vídeos de alguien que pretende monetizar sus ojos?». Y es que, con la deriva que lleva últimamente YouTube, cada vez resulta más fácil que un niño se vea expuesto de manera continua a lo que no deja de ser publicidad encubierta o algo que podríamos denominar como «publicidad doble»: un vídeo pensado para monetizar, que para ello ensalza un producto y que, por tanto, recibe más publicidad por ello.

Lo más práctico y lo más recomendado, entonces, es no dejar YouTube al acceso de los niños. Así de simple. Existen muchas otras opciones que se pueden encontrar dedicando un poco de tiempo en el mismo Google. Hay que asumir que YouTube no es para niños y que, por mucho que en Mountain View se empeñen, en realidad nunca llegará a serlo salvo un cambio muy, pero que muy radical.