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Desde que los hermanos Wright, en 1903, consiguieron hacer volar su primera máquina, la tecnología ha avanzado mucho y es gracias a ella que, hoy en día, enormes aviones que pesan más de 1 millón de libras son capaces de alzarse en el aire sin venirse abajo. Y todo ello, en contra de lo que nos puede dictar el sentido común. ¿Gracias a la magia? No, gracias a la física.

Básicamente, volar es una batalla contra la gravedad de la Tierra. Y en ella, para conseguir despegarnos del suelo y recorrer los cielos contamos con un aliado fundamental: el aire. Ya sea un pájaro o sea un avión, ambos se enfrentan a la gravedad por medio de la manipulación de las moléculas de aire que los rodean.

Cuando un ave aletea, genera un área de alta presión de aire bajo el ala y de baja presión sobre ella. Y eso es lo mismo que sucede cuando un avión corre por la pista para despegar: la diferencia de presión por encima y por debajo del ala crea una fuerza neta ascendente que eleva la aeronave. Una vez que esta fuerza ascendente excede el empuje descendente de la gravedad, se despega.

Para conseguir esto, un avión emplea la combinación de 2 cosas. Para empezar, recorren la pista de despegue a una velocidad entre 240 y 290 kilómetros por hora, creando aire en movimiento rápido a través de las alas. Y luego está el ángulo de ataque, que es la inclinación que tienen los aviones, lo cual dirige más aire por debajo del ala. Esto aumenta la presión y proporciona al avión un impulso extra, haciendo que alce el vuelo paulatinamente hacia arriba, en lugar de elevarse paralelo al suelo.

Cuando está en el aire, se mantiene ahí gracias a los motores, que impulsan al avión hacia delante manteniendo un flujo constante de aire de movimiento rápido a través de las alas. Esto crea esa diferencia clave en la presión que permite soportar el peso del avión: o dicho de otra forma, continuar ganándole la partida a la gravedad.

Cuando despega, la velocidad de una aeronave es de alrededor de 270 kilómetros por hora al nivel del mar. Sin embargo, a medida que vuela más alto, esta se tiene que incrementar ya que el aire se vuelve más delgado y hay que desplazarse más rápido para mantener la elevación. De ahí que la velocidad de crucero de un avión comercial sea de alrededor de 885 kilómetros por hora a una altitud de unos 12 mil metros, donde la densidad del aire es 10 veces menor.

Pero dado que una atmósfera más «fina» trae consigo una menor resistencia, los motores pueden alcanzar altas velocidades con menos combustible. Las altitudes situadas entre los 10 mil y los 12 mil metros son el punto perfecto donde los pilotos pueden volar tan rápido como sea posible al tiempo que queman la menor cantidad de combustible.

Ahora, la próxima vez que subas a un avión sabrás exactamente qué es lo que está ocurriendo desde el momento en que el aparato arranca hasta que recorre los cielos. Y que todo esto habrá sido gracias a los descubrimientos que el ser humano ha ido haciendo a lo largo de muchos, pero muchos años.